
Desde que sacaron a Maduro de Caracas en plena noche, de repente todo el mundo es experto en Venezuela y, sorprendentemente, también en temas de crudo venezolano.
Los comentaristas están obsesionados con la pesadilla que supondría extraer siquiera diésel del petróleo venezolano. Al parecer, el crudo venezolano es una pasta espesa, difícil de extraer del subsuelo, que obstruirá y corroerá cualquier sistema de tuberías en que lo pongan, y que no producirá más que derivados de baja calidad al refinarlo. Entonces, ¿por qué querrían las refinerías estadounidenses bombear ese fango desagradable a través de sus equipos?
Para rematar, Darren Woods, CEO de ExxonMobil, afirmó recientemente en la Casa Blanca que Venezuela “no está apta para invertir”, justo en la cara de Trump. La declaración sorprendió a funcionarios de la administración, que querían mostrar un frente unido con las petroleras estadounidenses. Y es que ver al jefe de la mayor petrolera americana retirándose públicamente de tal oportunidad delante del presidente de Estados Unidos—apenas una semana después de que una flota de helicópteros Chinook irrumpiera en Caracas—resultó, por así decirlo, anticlimático.

El ecosistema mediático amplificó la declaración de Woods y la vinculó inmediatamente con la aparente causa perdida del negocio petrolero venezolano y los supuestos riesgos asociados con reactivar la industria petrolera del país.
No todos los comentarios van desencaminados. Algunos informes reconocen que un mayor acceso al crudo venezolano representa un beneficio neto. Aun así, el internet está plagado de información contradictoria.
Venezuela no está “no apta para invertir” por lo que haya dentro de un barril o porque algunas bombas estén oxidadas. El problema no es la inversión, sino el temor a perderla.
¿La preocupación es el crudo pesado? Las refinerías estadounidenses están preparadas.
El petróleo crudo suele dividirse en tres tipos: ligero, medio y pesado, según su gravedad API, la medida utilizada para evaluar la densidad del petróleo. Cuanto mayor es el grado API, más ligero es el crudo. Cuanto menor es, más pesado. El crudo ligero se considera de mayor calidad y obtiene una prima mayor en el mercado, mientras que el crudo pesado es de menor calidad y normalmente se vende a descuento.
Gran parte del crudo venezolano es, en efecto, pesado y de tipo agrio, debido a su elevado contenido de azufre. Es viscoso, y transportarlo y procesarlo requiere ciertamente más energía y recursos que los petróleos de mayor calidad. Sin embargo, una menor calidad no significa necesariamente un mal producto ni una mala inversión.
La industria utiliza crudos pesados para producir el diésel que abastece a los camiones de todo el mundo. Del mismo modo, el crudo pesado contiene las mayores concentraciones de componentes bituminosos y resinas, que se transforman en asfalto, lubricantes, ceras, coque de petróleo y también fuelóleos pesados (HFO), utilizados por buques de carga y por la mayor parte de la maquinaria industrial pesada del mundo.
Por tanto, el crudo pesado venezolano no es sinónimo de un petróleo malo. Es simplemente un tipo distinto de crudo.

Luego está la preocupación de que esta gelatina oscura y sulfurosa perfore las tuberías de las refinerías estadounidenses y corroa la infraestructura. Resulta que las refinerías estadounidenses llevan décadas invirtiendo considerablemente en adaptar sus unidades para procesar crudos pesados. La gran mayoría de los centros de refinación estadounidenses emprendieron esta transformación antes del boom del shale de finales de la década de 2000, anticipando que, a medida que disminuyeran los niveles de crudo estadounidense, el suministro dependería cada vez más de productores de crudos pesados como México, Colombia, Ecuador y, por supuesto, Venezuela. Lo que no se sabía por entonces era que la industria estaba a punto de comenzar a fracturar vastas reservas de shale (lutita).
Por tanto, los medios se han apresurado a descartar el petróleo venezolano como un mal negocio, para el cual Estados Unidos carece de capacidad, sobre la base superficial de que un crudo más pesado se vende más barato y resulta más difícil de manejar.
El petróleo venezolano es comercialmente viable gracias a los diferenciales de precios
A pesar de los elevados costos de producción y los descuentos asociados con su calidad, las petroleras todavía pueden operar de manera rentable en Venezuela. El petróleo no tiene un precio único. Ya que distintos tipos de crudo proceden de diferentes lugares y su extracción, transporte y procesamiento pueden presentar distintos grados de dificultad, incluso petróleos de la misma categoría pueden venderse a precios diferentes.
Esto es lo que se conoce como el diferencial de precios del petróleo. Es probable que el crudo que sale de Venezuela, ya barato de por sí, llegue a Estados Unidos con un fuerte descuento, dada la evidente posición preferencial que Washington obtuvo después de reorganizar el gobierno en Caracas.

Por tanto, las empresas estadounidenses pagarán menos por un barril de Merey (el nombre del crudo pesado de referencia venezolano) que por un barril de crudo Light/Sweet Brent o West Texas Intermediate (WTI), los referentes del crudo de alta calidad en el mercado. El Merey se mantuvo en los $50 por barril durante 2025, y resulta difícil justificar un aumento de precio en las condiciones actuales, salvo que acontecimientos extremos e imprevistos alteren regiones productoras importantes, como el Oriente Medio. De hecho, el precio podría seguir cayendo a medida que aumenten sus volúmenes en el mercado a futuro, antes de estabilizarse.
Por otro lado, es poco probable que una caída de precios paralice a los productores estadounidenses de petróleo, quienes por práctica habitual del sector incorporan el descuento en la inversión inicial. Una vez iniciada la producción, los costos operativos por barril son relativamente bajos y estables durante largos períodos. Algunos análisis señalan que el umbral de rentabilidad en Venezuela podría situarse ya en apenas $30-40 por barril si las petroleras estadounidenses elevan la producción a 1 millón de barriles diarios; de modo que existe margen suficiente para obtener beneficios, incluso de inmediato.
Washington quiere barriles: más petróleo para erosionar al cartel petrolero
Otro punto que merece más atención es que, mayores volúmenes de petroleo venezolano llegando a Estados Unidos—y con sus finanzas bajo control del gobierno estadounidense—tendrán efectos positivos en cadena para los consumidores y las empresas preocupadas por los elevados costos energéticos.
Aunque las consecuencias geopolíticas de que Estados Unidos lanzara una operación militar contra un territorio soberano resultan ciertamente inquietantes, la salida de Maduro es ya una inversión a fondo perdido, y solo podemos concentrarnos en sus implicaciones futuras. En ese sentido, resulta extraordinario que Venezuela, miembro fundador del grupo OPEP+, pueda verse obligada a alinear sus intereses con los de Estados Unidos, un país que no pertenece a la OPEP+, de cara al futuro.
La OPEP+, el cartel petrolero, ha influido durante décadas en el precio del petróleo, controlando la oferta para ajustarla a los objetivos políticos de sus miembros. La geopolítica de la energía podría entonces cambiar en el futuro, a medida que Estados Unidos adopte una postura cada vez más asertiva sobre los volúmenes de crudo procedentes de Venezuela, el miembro de la OPEP+ con las mayores reservas. Si Estados Unidos demuestra tener capacidad excedente en todos los frentes del mercado petrolero, esto erosionará la capacidad de la OPEP+ para coordinarse contra precios más bajos del petróleo.
Así, la salida de Maduro podría señalar el nacimiento de un nuevo tipo de diplomacia energética, en la que Estados Unidos esté listo para socavar las restricciones artificiales de oferta impulsadas por la OPEP+, tanto en términos materiales, manteniendo elevados los volúmenes de producción, como en términos políticos, influyendo en el voto de la delegación venezolana en Viena, donde los miembros de OPEP+ se reúnen periódicamente.
“No apta para invertir” no significa lo que la gente cree
La disputa entre Exxon y la Casa Blanca no tiene nada que ver con la calidad del crudo venezolano ni con la viabilidad de recuperar la infraestructura petrolera del país. Tiene todo que ver con preocupaciones reales de responsabilidad legal por parte de las petroleras estadounidenses, lo que sugiere que la evolución futura del país podría no ser propicia para un entorno seguro para la inversión.

Por ejemplo, durante la reciente reunión en la Casa Blanca, Woods puso sobre la mesa el problema de fondo: Exxon sufrió expropiaciones en Venezuela en dos ocasiones, en 1976 y 2007. La segunda vez, sus activos fueron confiscados sin compensación, y todavía existe una disputa legal pendiente por una indemnización de $1.600 millones, por las molestias.
Es comprensible la cautela de las petroleras a la hora de confiar simplemente en la palabra del presidente de Estados Unidos y lanzarse, con los ojos vendados, a acuerdos considerablemente grandes en medio de semejante incertidumbre y riesgo financiero. ¿Qué ocurre con sus inversiones si el presidente cambia de opinión o si la próxima administración no respeta las promesas de Trump?
Pero el asunto no termina ahí. Según la legislación venezolana vigente, las empresas estadounidenses deberán formar empresas mixtas con PDVSA, la petrolera estatal del país. PDVSA controlará al menos una participación mayoritaria simple en todas las empresas mixtas. Su papel preponderante genera preocupación entre las petroleras por una multitud de problemas de cumplimiento normativo, entre ellos la Foreign Corrupt Practices Act (FCPA) o Ley de Prácticas Extranjeras Corruptas.

Poderosos individuos con antecedentes notorios que garantizan las actividades de PDVSA permanecen en Venezuela después de la caída de Maduro, junto con todo el aparato militar y de seguridad que les acompaña. Las petroleras estadounidenses necesitarán señales más firmes de la administración de que, de cara al futuro, no enfrentarán graves consecuencias jurídicas y financieras por las actividades de PDVSA. Los responsables de decisiones corporativas no quieren terminar en el banquillo del Tribunal Federal del Distrito Sur de Nueva York, junto a Maduro y su esposa, compareciendo ante un gran jurado integrado por sus conciudadanos.
Además, la historia no respalda la idea de que una petrolera estadounidense se abstendrá de hacer negocios en el extranjero simplemente por los costos logísticos o los desafíos políticos del país anfitrión. Cuando las petroleras estadounidenses dudan ante una gran operación, no lo hacen por lo que tienen delante, sino por lo que dejan detrás, en casa: el gobierno de Estados Unidos.

Los antecedentes indican que el gobierno estadounidense se vuelve más comprensivo con los problemas de las grandes petroleras cuando existen presiones geopolíticas. En 1943, Jersey Standard, hoy integrada en Exxon, se vio obligada a aceptar un esquema de reparto 50-50 de los beneficios petroleros con el gobierno venezolano, que por entonces lideraba una ofensiva nacionalista sobre su propio petróleo. El gobierno estadounidense aceptó el acuerdo, aun cuando esto implicaba obtener una menor factura en impuesto sobre la renta de parte de Jersey Standard, dada la necesidad de contar con fuentes fiables de petróleo durante la Segunda Guerra Mundial. El patrón se repitió en 1950, cuando Arabia Saudita también renegoció un acuerdo 50-50 a partir de la concesión otorgada a Aramco, originalmente cofundada por socios estadounidenses. La Guerra Fría estaba en pleno desarrollo y Estados Unidos necesitaba energía barata para garantizar el predominio de su conglomerado militar e industrial. Ahora, con Venezuela jugando para su equipo, Estados Unidos está a punto de controlar un 30% combinado de las reservas mundiales de petróleo, una muy bienvenida palanca de presión en otra competencia geoestratégica frente a potencias como China y Rusia. Como en el pasado, llegará un entendimiento con las petroleras.
Para las petroleras, “no apta para invertir” tiene menos que ver con los desafíos técnicos o financieros de operar en Venezuela que con obtener una mejor posición en la negociación con la administración Trump.
Las grandes petroleras entrarán en Venezuela. El premio es demasiado grande, y llevan esperando toda la etapa de la última dictadura, pero antes están pidiendo garantías de que esta vez no sea como la anterior.
La versión original de este artículo se publicó en Inglés, el 22 de Enero de 2026. Esta traducción al español se ofrece como cortesía al público hispanohablante.
El artículo original “Why is Everyone so Down on Venezuelan Oil?” se encuentra disponible en Inglés en la página principal. Puede consultarse aquí:
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